Colegio Jaime Balmes. Cieza

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Mercenarios de la educación

De Miguel Ángel Santos Guerra

Escribo este artículo el 22 de diciembre, día en el que se celebra en España el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad. Me pregunto qué es lo que harían algunos profesores y profesoras si les tocase el primer premio, lo que aquí llamamos “el gordo”. Es decir, un premio multimillonario. ¿Seguirían trabajando, yendo cada mañana a las clases? ¿O se largarían a toda velocidad de la escuela? Hay quien lo dice así de claro la víspera del sorteo:
– Como mañana me toque la lotería, no vengo ni a recoger mis cosas.

Y es que para algunos la tarea de la enseñanza sólo es una forma de ganarse el sustento y, por consiguiente, una forma de conseguir el dinero necesario para vivir.

Yo creo que se puede vivir la profesión de otra manera. Disfrutando de ella. Sabiendo que no es sólo una forma de ganarse la vida sino, como dice Emilio Lledó, una forma de ganar la vida de los otros.

Se puede disfrutar o se puede padecer la profesión. En cada uno está la capacidad de mantener una u otra actitud.

El diccionario de la RAE define así el concepto de mercenario: “persona que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios”. Como es lógico, un trabajo debe ser remunerado y un trabajo de alta responsabilidad y complejidad como la enseñanza debe ser bien pagado. El problema reside, a mi juicio, en que solamente se haga por ese motivo. En que no importe nada más allá de cobrar el sueldo.

Los mercenarios trabajan solamente por el dinero. La cuestión clave está en el adverbio solamente. Todo lo demás importa poco, incluidas las personas,. Esa actitud, que es mala en cualquier profesión, es peor en la enseñanza. Quien es un mercenario de la educación mallleva la profesión, pide bajas injustificadas, se queja sin cesar, escatima el sentimiento y menosprecia a los alumnos y alumnas.

¿Qué motivos nos convierten en simples mercenarios de la educación, es decir en personas que hacen un trabajo sólo por el dinero?

Puede ser el haber accedido a ella de rebote. Es decir, sin quererlo de manera decidida. Alguien pensaba dedicarse a otra cosa, pero las circunstancias de la vida le condujeron a la enseñanza. Está ahí porque no encontró otra cosa mejor. Quería hacer cualquier otra tarea menos esa, pero está ahí, haciéndola cada día por imperativo del azar o de la necesidad. Ni la quiere ni la disfruta.

Otro motivo es la mala experiencia vivida. Quizá llegó con ilusión, pero la realidad ha ido deteriorando la actitud inicial. El entusiasmo ha sido erosionado de forma paulatina o de forma brusca por una desgraciada experiencia. En lugar de vivir esa adversidad con entereza, ha sido destruido por ella. Sólo espera con paciencia el día de la jubilación. Y no es difícil que concatene series de bajas, más o menos justificadas.

Una tercera causa puede ser un ambiente hostil al buen ejercicio profesional. Hay quien se estrella contra un ambiente deteriorado y empobrecido. Hay contextos en los que decir que disfrutas trabajando es poco menos que una herejía. Es incluso una estupidez. En ese ambiente lo que se lleva es despotricar de la tarea, de las autoridades, de los alumnos, de las familias y de la vida misma.

¿Cuáles son las consecuencias de esta actitud mercenaria? La primera de ellas es la infelicidad de quienes la viven. No puede ser satisfactorio ir los lunes a la escuela diciendo lo que aquel condenado a muerte decía un lunes camino del patíbulo:
– Mal empiezo la semana.

Otra consecuencia demoledora es que los alumnos y alumnas de ese profesor son víctimas de esa actitud agresiva o y desafecta Tiene que ser horrible aprender de manos de una persona que odia su tarea de enseñar.

¿Y las soluciones? Démosle vuelta a las causas.

Una mejor selección de los docentes llevaría a la enseñanza a las personas que de verdad tuviesen deseo y capacidad de ejercerla con solvencia y buena disposición. En primaria habría que conseguir que cursasen la carrera aquellos que desearan acceder a ella como primera opción. En Secundaria creo que se sería bueno que accediesen a la docencia aquellas personas que, al comenzar la carrera, tuvieran el deseo de integrar un equipo educativo en una institución docente. No me gusta que aquellos que querrían ser químicos o literatos o matemáticos o geógrafos acaben siendo por accidente docentes de forma vitalicia.
Hay países en los que quienes desean ser químicos, por ejemplo, van a la Facultad de Química y quienes quieren ser profesores de química se matriculan en el Instituto Pedagógico de Química. Y allí aprenden química y a ser profesores de química. Y para ingresar en los Institutos Pedagógicos se necesita haber alcanzado una puntuación mayor que para entrar en las Facultades. Es decir, que la filosofía se muestra con claridad: los mejores, a la enseñanza. De esta forma no se producen esas conversiones en falso. Decía Balmes: “A mí no me molestan las conversiones, pero desconfío de aquellas que se producen en el preciso momento en que empiezan a ser rentables”.

Otra solución es convertir las malas experiencias en ocasiones de aprendizaje y fortaleza. Todos vamos a tener momentos adversos, situaciones difíciles. pero podemos afrontarlas de forma positiva y fortalecedora.

La tercera solución es crear ambientes en los que sea fácil que florezcan las iniciativas, los buenos deseos y los compromisos con la acción.

Yo dejaría que se jubilasen anticipadamente los mercenarios (y les seguiría pagando, porque de algo tienen que comer) y los sustituiría por profesores que están en paro, deseando disfrutar de una oportunidad. Sus alumnos y alumnas celebrarían de forma entusiasta el cambio.

Es muy triste ser un mercenario de la educación. Para los profesionales, para sus compañeros y para los destinatarios de su trabajo. Para realizar bien esta tarea es necesario un mínimo ce pasión y de entusiasmo. Decía hace unas semanas Emilio Lledó que era necesario amar la tarea y a las personas para las que se realiza.

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